CRÓNICA DE LA COMPAÑÍA TREBISONDA
Cuando, el viejo actor don Alonso Quijano, después de haber representado en todos los tablados, patios y corrales de teatro de España y Portugal los más nobles papeles del repertorio clásico, se retiró a su pueblo natal para vivir en el ocio y la remembranza de los gloriosos días, he aquí que un bien acomodado labriego del lugar, de nombre Sancho Panza, aficionado al teatro, lo visitaba y se embelesaba oyéndole contar sus recuerdos. Así, de charla en charla y de vaso de vino en vaso de vino, ocurrió que una tarde Sancho le propuso a don Alonso que retornara a su arte y se fuesen los dos en sociedad por los caminos para dar funciones en los teatros y corrales de comedia de los pueblos de La Mancha, y de toda Castilla, y de España toda, de modo que, poco a poco colectando a otros actores aficionados y/o profesionales, formasen una compañía teatral itinerante.
La Compañía Trebisonda, pues, quedó compuesta, en el comienzo, pero luego para siempre, con sólo sus dos fundadores, más un caballo que montaba don Alonso y un asno en que iban Sancho y los bártulos escénicos. Recorrieron así la horizontal y ancha Castilla dando funciones en las ventas, en los mesones, en las posadas, en las plazas, en los patios y corrales y, en una ocasión, en un palacio ducal. Pronto abandonaron el repertorio clásico porque no interesaba al público popular, e iban de función en función improvisando una cambiante comedia en la cual Quijano interpretaba al legendario y sublime caballero Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza ponía en pie a su rústico escudero, hombre de aspiraciones más terrenales, pues, como él mismo decía, no se hizo para la miel el hocico del asno.Pero sucedía que Quijano, que por su edad tenía mal barajada la memoria, trastocaba los monólogos y los diálogos insertándoles olvidos y errores, y, para disimularlos, extremaba los efectos truculentos hasta llevarlos a la parodia involuntaria, mientras que Sancho, que al principio había querido actuar su papel en registro serio y luego fue descubriéndose una vena cómica, metía refranes de la sabiduría popular y esos chistes improvisados que la jerga teatral llama morcillas. Así lograban que tanto los dramas como las comedias regocijaran al bajo pueblo y, en una inolvidable ocasión, implicaran y divirtieran a unos copetudos duque y duquesa.
Al acabar cada representación, Sancho pasaba el sombrero y colectaba las monedas, los panes, los chorizos, los quesos (manchegos), y, en ocasión también inolvidable, se obtuvo un pollo asado (aún caliente) y una botella de vino (de mesa) como pago de la muy reída función aportada a las fiestas nupciales del rico Camacho.

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